Comencé a pensar en Dios cuando tenía alrededor de doce años. Recuerdo que mi infancia fue bastante feliz, alegre y tranquila cuando mi padre tenía solo una esposa, mi madre. Nuestra familia era católica, pero vivíamos en Togo, donde un hombre podía tener varias esposas. Cuando mi padre tomó una segunda esposa, nuestra vida cambió. Mi madre cayó en depresión, siempre estaba enferma y la vida se volvió muy difícil.
Mi padre quiso salvarme del ambiente complicado de nuestra familia y me envió a un internado católico. Asistía a la iglesia católica siempre que podía, pero aun así ya no sentía alegría ni paz en mi vida. Tenía muchas preguntas en mi mente. Una de ellas era: ¿Por qué permitió Dios que yo sufriera? Después de todo, ¡yo solo era un niño! También me preocupaba mucho por qué mi padre había roto la paz de nuestra familia al tomar otra esposa. Cuando regresé a casa, mi padre ya había tomado una tercera esposa. En ese momento, mi madre decidió irse de nuestro hogar. Fue una época realmente difícil. Recuerdo que mi madre intentó quitarse la vida al menos tres veces. En ese tiempo, dejé de asistir a la iglesia católica. No confiaba en nadie, ni en Dios ni en los hombres.
Dios me llevó a conocer a Nicolás
En la escuela secundaria conocí a un hombre llamado Nicolás, quien se había mudado a nuestra zona. Al principio, solo hablábamos de política. En aquel entonces, había problemas políticos en nuestro país, y las dificultades tanto de mi infancia como de la sociedad me afectaban tanto que me volví una persona amargada.
TLa situación política en nuestro país empeoró mucho y muchas personas tuvieron que huir al extranjero. Incluso Nicolás se mudó a Suecia. Sin embargo, siguió en contacto conmigo porque quería saber lo que ocurría en Togo. Yo, en cambio, solo me fui por seis meses al país vecino y continué mis estudios allí. Nicolás regresó a Togo después de un año y medio.
Un día, cuando iba camino a la universidad, pasé por la pequeña tienda de electrónica de Nicolás. En esa ocasión, él me habló sobre la fe. Me contó que en Suecia lo habían invitado a unos servicios religiosos, donde creyentes le habían predicado el perdón de los pecados. Para mí, era algo completamente extraño que una persona pudiera predicar el perdón de los pecados. Nada de eso me interesaba.
Otro día volví a la tienda de Nicolás y encontré allí un periódico titulado The Voice of Zion (La Voz de Sion). En Togo había muy poco material de lectura en inglés, por lo que ese periódico me pareció interesante. Leerlo era una forma de mejorar mi inglés. Le pregunté a Nicolás si podía tomarlo prestado. Muchos artículos me conmovieron. Decían, por ejemplo, que el Reino de Dios está aquí, en medio de las personas, hablaban del perdón de los pecados y de la Segunda Venida de Jesús. También decían que los creyentes tienen paz en su corazón y un futuro brillante.
¿Cómo puede una persona perdonar los pecados de otra?
Sentí que tenía que hablar más con Nicolás sobre este tema. Así que, unos días después, fui a devolverle el periódico. Volvimos a conversar sobre la fe. Sin embargo, tenía cierto temor, ya que sabía, por mi experiencia anterior y por la Biblia, que en los últimos tiempos surgirían muchos falsos profetas. Lo que me llevó a interesarme por estos asuntos fue que los hijos de Dios tenían paz en su corazón. Lo vi en Nicolás: él había cambiado mucho. Se notaba que era una persona mucho más positiva, y tanto en su vida cotidiana como en su manera de hablar había ocurrido un cambio para bien. La paz era exactamente lo que yo anhelaba en la vida, debido a las experiencias difíciles que había vivido en mi hogar.
También conversé con el hermano de Nicolás. Él y yo estudiábamos en la misma universidad, así que allí también pudimos hablar sobre la fe. Nicolás sugirió que podíamos reunirnos para leer la Biblia juntos. Así que comenzamos a hacerlo. Incluso invité a algunos de mis amigos. Al principio nos reuníamos entre 10 y 15 personas. Nicolás escogía un pasaje de la Biblia, lo leía y luego lo discutíamos. Las preguntas más importantes que teníamos eran: ¿Cómo puede una persona perdonar los pecados de otra? ¿Se pueden recibir los pecados perdonados solo orando a Dios?
Nicolás leía muchos pasajes de la Biblia, especialmente la historia de cómo Pablo recibió el don de la fe. A menudo también hablaba de Nicodemo. Estos pasajes de la Biblia se volvieron más comprensibles y claros para mí que antes. En la Iglesia Católica se cree que solo el sacerdote tiene el poder de absolver los pecados. Nosotros solíamos ir a confesar nuestros pecados a un sacerdote, quien podía exhortarnos a leer un salmo o hacer algún acto de penitencia. Después de esto, nos decía: “Ahora Jesús te ha aceptado de nuevo como su hijo, pero vete y no peques más.”
Nicolás nos enseñó que todo creyente puede predicar el perdón de los pecados a otra persona. Esta enseñanza era completamente diferente a la que había recibido antes. Teníamos muchas preguntas. A veces, cuando Nicolás no tenía una respuesta, decía que enviaría un mensaje a sus amigos para que le ayudaran a aclarar los puntos que no entendíamos.
Pudimos creer en el perdón de nuestros pecados
En el año 2000, Nicolás nos dijo que había invitado a dos predicadores de América para que vinieran a celebrar unos servicios en Lomé. Nos dijo que, si queríamos asistir, seríamos bienvenidos. El 27 de noviembre tuvimos nuestros primeros servicios en la casa del tío de Nicolás. Los predicadores americanos hablaron del Reino de Dios y de cómo una persona podía entrar en él. Al final de sus sermones, preguntaron: “¿Alguien quiere recibir el perdón de sus pecados?” Fue un momento muy emotivo e inolvidable cuando casi todos levantamos la mano y pudimos creer en el perdón de nuestros pecados.
Recuerdo que, cuando pude creer en el evangelio personalmente, las lágrimas brotaron de mis ojos. Me sentía en paz y feliz al mismo tiempo. No levanté mi mano para agradar a alguien, sino porque había examinado mi conciencia y comprendí que, aunque había tratado de hacer el bien y mantener buenas relaciones con las personas, seguía siendo muy pecador. Levantar la mano no fue difícil. Tenía alrededor de 25 años cuando recibí la gracia del arrepentimiento.
Cuando me arrepentí, pensé que mi vida se volvería muy fácil. Sin embargo, mi relación con mi madre seguía siendo complicada. Ella se había convertido en testigo de Jehová. Tres de mis hermanos y una hermana también eran testigos de Jehová. Yo era el único que no quería pertenecer a ese grupo. No podían entenderme. Mi madre tampoco comprendía por qué quería mantener una relación con mi medio hermano, mi media hermana y mi madrastra. Pensaba que debía establecer una clara separación entre ellos y yo. Por eso, mi vida con mi madre seguía siendo muy difícil. A menudo oraba para que ella también recibiera la gracia del arrepentimiento.
De mi familia, solo un hermano ha recibido la gracia del arrepentimiento. Él es un hermano muy querido y un amigo creyente para mí. Cuando nos arrepentimos, hablamos a nuestros familiares sobre la fe. Algunos nos recibieron con alegría y nos escucharon con interés. Algunos prometieron venir a los servicios del domingo por la mañana, pero nunca los vimos allí. Otros recibieron la gracia del arrepentimiento y asistieron a los servicios, pero por alguna razón dejaron el camino de la fe y regresaron a su antigua vida. Algunos, en cambio, recibieron la gracia del arrepentimiento y siguen creyendo hasta hoy, siendo queridos hermanos y hermanas para todos nosotros.
Autor: Komlavi Honga

