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El Reino de los Cielos es para aquellos que son como niños

The Kingdom of Heaven is for Those Who Are Like Children

Jesús dijo: “De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 18:3). A primera vista, esta declaración puede parecer confusa. Los niños, aunque a menudo son dulces e inocentes, también pueden ser impacientes, irracionales y carentes de discernimiento. Sin embargo, Jesús los coloca en el centro de lo que significa entrar en el reino de los cielos. ¿Por qué Jesús presenta a un niño como el modelo de la fe? La respuesta radica en la naturaleza de la fe infantil: un don de Dios que no se basa en la comprensión o el mérito, sino en una dependencia y confianza absolutas. Este artículo examina de cerca las profundas verdades detrás de las palabras de Jesús, mostrando cómo la fe infantil, la humildad y el arrepentimiento abren el camino al reino de los cielos.

“De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 18:3).

¿En serio? Todos sabemos cómo son los niños. Aunque a menudo son dulces e inocentes, también son impacientes, desagradecidos e irracionales. Carecen de entendimiento y discernimiento. ¿Cómo puede alguien imaginar que todos los ancianos de la iglesia, predicadores, doctores en teología, los más eruditos comentaristas bíblicos e incluso obispos deben ser como niños en su fe para poder entrar en el reino de los cielos?

Un niño pertenece a Dios desde su nacimiento

Lo primero que debemos entender es que un bebé es hijo de Dios y un habitante del reino de los cielos desde el vientre de su madre. Si un bebé muere, irá al cielo, haya sido bautizado o no. Dios dijo al profeta Jeremías:

“Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué; te di por profeta a las naciones” (Jeremías 1:5).

De la misma manera, Juan el Bautista fue santificado para Dios incluso antes de nacer.

Sabemos que la salvación es solo por la fe (Romanos 3:28), y dado que Jeremías y Juan ya habitaban en el reino de los cielos en el vientre materno, tenían que poseer la fe salvadora desde entonces. Solo hay una conclusión posible: la fe salvadora no se basa en el entendimiento humano. Un adulto que ha perdido la fe infantil no puede recuperarla mediante un mayor conocimiento, porque la fe no es simplemente aceptar intelectualmente que la obra redentora de Jesús es verdadera. Sobre todo, la fe es un don que un adulto puede recibir al arrepentirse y volverse como un niño nuevamente.

La salvación de un niño no se basa en su inocencia

Jesús no puso al niño como ejemplo de fe porque el niño fuera sin pecado. Por supuesto, un recién nacido aún no ha tenido tiempo de pecar en pensamiento, palabra, obra u omisión, pero sigue siendo un pecador. Nadie está libre de pecado, como testifica Pablo en Romanos 3:11-12. La pecaminosidad del niño es hereditaria, transmitida desde Adán y Eva, y es su carga desde el nacimiento. En esencia, no somos pecadores porque pecamos, sino que pecamos porque somos pecadores.

Así que cada uno de nosotros, tú y yo incluidos, hemos cargado con el peso del pecado original desde nuestro nacimiento, pero también hemos poseído la fe salvadora desde ese mismo momento. Incluso antes de cometer nuestro primer pecado, ya merecíamos la muerte eterna a causa del pecado original, pero la fe viva puede salvarnos. El pecado original permanece con nosotros como un tatuaje hasta la muerte, pero la fe infantil puede perderse fácilmente, como un globo de helio. De hecho, muchas personas la pierden al crecer.

Pablo escribe en Romanos que así como la caída de Adán trajo condenación a todos los hombres, la expiación y redención de Cristo trae justicia y vida para todos (Romanos 5:15-19). La fe de un niño se basa en la obra de Cristo. El niño ha sido creado por Dios, redimido por Cristo y santificado por el Espíritu Santo.

La fe salvadora de un niño

Jesús llamó a las personas a arrepentirse y volverse como niños. Luego, según Mateo, continuó:

“Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe” (Mateo 18:4-5).

Léelo con atención. La fe de un niño requiere humildad para el arrepentimiento, es decir, conversión. Los judíos en tiempos de Jesús solían enfatizar sus virtudes. En la cultura helenística, la humildad era despreciada. Incluso los discípulos caían repetidamente en la trampa de medir y comparar sus méritos como seguidores de Jesús. Sin embargo, Jesús les enseñó a ser humildes y a rechazar la autosuficiencia:

“Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Mateo 23:12).

“Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos” (Marcos 9:35).

Un niño es un ejemplo de fe porque ha recibido el don de la fe sin ningún mérito o logro propio. Un recién nacido no tiene nada que le ayude a sobrevivir en el mundo. Depende totalmente del cuidado de su madre y su padre; es completamente receptivo. También confía en que sus padres lo cuidarán. Aun sin comprender las circunstancias de la vida de su familia ni las habilidades de sus padres, no duda de que ellos podrán proveer para él. Esa es la fe de un niño.

Un adulto que ha perdido su fe infantil solo puede recuperarla humillándose en arrepentimiento. Debe reconocerse como pecador y darse cuenta de que no tiene nada en sí mismo que pueda salvarlo. Entonces Dios puede guiarlo hacia una persona que tenga esta fe. Si esto te sucede a ti, te recomiendo y animo a recibir a esa persona, porque si recibes a un creyente cuya fe es la fe de un niño en el sentido que Jesús quiso decir, estás recibiendo a Jesús. Un creyente así puede perdonar tus pecados en nombre de Jesús y en su sangre. Entonces tú también te volverás como un niño y entrarás en el reino de los cielos, tal como Jesús prometió.

Autor: Antti Halonen

Foto: SRK, Finlandia

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