Al comienzo de cada evangelio hay una descripción de Juan el Bautista. Como muchos profetas antes que él, Juan instaba a sus oyentes a arrepentirse, lo cual finalmente le costó la vida. El Evangelio de Marcos muestra que el ministerio público de Jesús también comienza con la proclamación:«El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio.» (Marcos 1:15).
¿Qué quiso decir Jesús con arrepentimiento?
Según Marcos, Jesús usó la palabra griega metanoia, que esencialmente significa “cambiar de mente”. En los idiomas modernos puede no haber un término exacto que coincida con esta palabra original. En varias traducciones de la Biblia al inglés, la palabra se traduce, por ejemplo, como “arrepentirse”, “convertirse” o incluso “reformarse”, esta última con un tono más exigente. El desafío está en que “metanoia” también puede traducirse como “penitencia” o “remordimiento”. El llamado de Jesús “arrepentíos y creed en el evangelio” significa que las personas deben tanto sentir “remordimiento” como “reformarse”, y además recibir el evangelio por fe.
Cuando hablamos de una persona angustiada y temerosa a causa de sus pecados, su condición se describe como “penitencia” o “remordimiento”. En cambio, la palabra “arrepentirse” o “arrepentimiento” es usada cuando la persona es perdonada de sus pecados y lo cree. Al enseñar sobre el arrepentimiento, también se puede hablar de la “gracia del arrepentimiento”.
Es importante notar que tanto el llamado de Juan como el de Jesús al arrepentimiento está dirigido a la mente humana, o como a menudo se le llama en el Antiguo Testamento: el corazón. El arrepentimiento bíblico mueve al ser humano del reino de las tinieblas al reino de Dios. Además, como fruto del arrepentimiento, su vida también cambia externamente (Lucas 19:8).
Arrepentimiento por razón
Los debates sobre la historia de esta doctrina revelan muchas diferencias de opinión sobre el tema. Aunque todos los seres humanos tienen en su corazón al menos un sentido de la “ley natural” dada por Dios, esto no siempre implica una verdadera conciencia de pecado por lo malo que se ha hecho. El nacimiento de la conciencia del pecado es siempre obra de Dios; sólo Él puede despertar este sentido. Dios utiliza la ley de su Palabra como instrumento para despertar. La ley revela el pecado al hombre.
La revelación del pecado suele ir acompañada de una reacción perfectamente razonable y socialmente aceptable. La persona comienza a corregir su vida: deja malos hábitos, mejora su comportamiento, busca reconciliar conflictos y enmendar errores. A esto podríamos llamarlo arrepentimiento basado en la razón. Lleva a buenas conclusiones: “debería”, “me convendría”, “sería bueno”, “es importante”. Así es como opera la ley: conduce la persona a esforzarse cada vez más por ser aceptada por Dios. Pero este camino hacia la comunión con Dios es imposible para el ser humano. Nadie puede ganarse la justicia por sus obras, por buenas que sean, porque Dios exige obediencia total y perfecta a su ley. Y ninguno de nosotros es capaz de eso.
¿Por voluntad o poder de quién cree una persona?
Durante la Reforma de Martín Lutero (1517–), se debatió, entre otras cosas, qué sucede o qué debería suceder en el arrepentimiento. Existían dos posturas opuestas. La primera se basaba en la idea de que el ser humano podía arrepentirse y alcanzar la gracia por sí mismo, a través del arrepentimiento, el amor y los actos de redención.
Este pensamiento suele basarse en la doctrina del libre albedrío. Según esta visión, los mandatos bíblicos de arrepentimiento y cambio no tendrían sentido si no pudieran cumplirse por el propio ser humano. Bajo esta idea, las palabras de Dios:
“A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio 30:19), se interpretan como que el hombre tiene la capacidad de escoger la vida, si así lo desea.
Lutero no aceptó la doctrina del libre albedrío. Al haber encontrado la fe viva, comprendió profundamente la diferencia entre la ley y el evangelio tal como aparece en la Biblia. La ley revela no sólo los pecados individuales del hombre, sino también su pecado original, su naturaleza pecaminosa. El pecado original hace que el ser humano no pueda volverse a Dios ni creer en Él por sí mismo. Por lo tanto, la fe no puede surgir del esfuerzo o razonamiento humano, sino que viene de Dios por su gracia y elección. Esto fue lo que Lutero llamó la esclavitud de la voluntad.
En el pasaje de Deuteronomio citado arriba, la ley exhorta a escoger la vida, pero no le da al hombre espiritualmente muerto el poder o la capacidad para hacerlo. A la luz de la ley, el ser humano puede entender lo que debería hacer, pero no tiene la fuerza ni el poder para cambiar su corazón. Y sin embargo, eso es lo que exige la Biblia: un cambio de mente (corazón). Así, la ley lleva al hombre a la desesperación, porque es incapaz de escoger la vida, de arrepentirse y de volverse aceptable ante Dios. Para Lutero, comprender que sólo Dios puede dar vida a los muertos mediante la fe fue una revelación misericordiosa. Sobre esta base podemos entender por qué la fe es un don de Dios.
Arrepentimiento por gracia
Según Lutero, el arrepentimiento tiene dos partes: la penitencia y la fe. Esto es a lo que Jesús se refería cuando dijo:
“Arrepentíos y creed en el evangelio.”
La sola penitencia no es suficiente; la fe es necesaria delante de Dios (Hebreos 11:6). Esto significa que una persona debe sentir dolor por sus pecados (penitencia) y recibir el evangelio, mediante el cual se le concede la fe en Cristo como un regalo. Dios usa a aquellos que ya creen, es decir, su Iglesia, para predicar el evangelio y proclamar el perdón en nombre de Jesús.
Por la acción de la gracia de Dios, la persona creyente comienza a desear evitar el pecado y vivir según la voluntad de Dios. Así, el cambio de vida ocurre después del arrepentimiento.
Cuando Lutero hablaba de las dos partes del arrepentimiento, estaba citando la enseñanza del mismo Jesús. Lutero explicaba esto preguntando cuál fue la diferencia entre la penitencia de Judas y la de Pedro, o entre Saúl y David. La respuesta es clara: la fe. El arrepentimiento sin el consuelo de la fe lleva a la desesperación. Por eso, la parte más importante del arrepentimiento es la fe, que es un don de Dios. La fe se apropia de la justicia, pureza y santidad perfectas de Cristo.
Sin embargo, después de recibir el don de la fe en el arrepentimiento, la persona sigue siendo pecadora. Por tanto, también necesita la fuerza que proviene de la repetida confirmación de los sacramentos, la oración, el apoyo de otros cristianos, y sobre todo, el consuelo del evangelio del perdón. El mismo evangelio por medio del cual una vez se arrepintió, lo lleva a desear abandonar el pecado y vivir conforme al pensamiento de Dios.
No obstante, la vida cristiana es una batalla hasta la muerte. La persona lucha contra los deseos de la naturaleza humana corrompida y contra las tentaciones del mundo incrédulo, con el poder del Evangelio. El enemigo del alma nunca cesa su obra, sino que constantemente presenta sus alternativas. Por eso, nuestra lucha en la fe nunca es perfecta ni pura. Pero el hijo de Dios que lucha en la fe es enseñado y fortalecido por la gracia de Dios:
“Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente.” (Tito 2:11-12).
Autor: Seppo Särkiniemi
Imagen: SRK, Finlandia

