La Biblia enseña que, debido a la incredulidad y el pecado, ningún ser humano es aceptable ante Dios y, por lo tanto, no irá al cielo. En cambio, todos merecemos la condenación eterna.
Sin embargo, según la interpretación luterana de la Biblia, es posible volverse aceptable y justo ante Dios teniendo esperanza en la salvación por medio de la fe. Hebreos dice: «Pero sin fe es imposible agradar a Dios» (Hebreos 11:6). En su carta a los Romanos, el apóstol lo expresó de esta manera: «por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús» (Romanos 3:23-24).
Solo por gracia
En contraste con las enseñanzas de la Iglesia Católica, Martín Lutero, el padre doctrinal del luteranismo, entendió, de acuerdo con la enseñanza del apóstol Pablo, que la justicia es únicamente un regalo de Dios para el hombre pecador. Lutero aceptó la enseñanza católica sobre la salvación por la gracia de Dios, pero no aceptó la idea de que el ser humano tuviera un papel en su propia salvación. Él creyó como Pablo, quien escribió: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Efesios 2:8-9).
Así, Dios concede libremente el don de la fe, y con él, el don de la justicia por gracia, debido a la obra meritoria de Su Hijo Jesucristo. La justicia no puede obtenerse por las propias obras. Pablo también escribió: «Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia» (Tito 3:5). Aunque un creyente siga siendo pecador, Dios no lo condenará porque tiene fe en Jesús.
La doctrina de la salvación abre otras doctrinas
La doctrina de la salvación por fe es la enseñanza central y el punto de partida de la fe luterana. Cuando una persona recibe el don de la fe, obtiene comprensión de otras doctrinas a través de esta fe. Timoteo es un excelente ejemplo de cómo la fe abre el entendimiento: «Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús» (2 Timoteo 3:15). Jesús describió cómo la fe abre el entendimiento de la siguiente manera: «Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió. El que quiera hacer la voluntad de Dios conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta» (Juan 7:16-17).
Según la enseñanza luterana, el corazón del evangelio es el perdón de los pecados. Un creyente recibe el perdón de los pecados completamente por gracia, a través de la obediencia perfecta de Jesús. Así, el creyente se vuelve aceptable ante Dios y es salvo. En el Salmo 32, David canta: «Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño» (Salmo 32:1-2).
El nacimiento de la fe es obra del Espíritu Santo
Los luteranos creen que el Espíritu Santo desempeña un papel crucial en la obra de la salvación. Pablo enseñó a los corintios con palabras muy enfáticas: «Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo» (1 Corintios 12:3).
Lutero, al igual que Pablo, veía el nacimiento de la fe como obra del Espíritu Santo. Escribió lo siguiente: «Nunca podríamos conocer nada sobre Cristo ni creer en Él si el Espíritu Santo no nos ofreciera este tesoro a través de la predicación del evangelio. La obra de la salvación ha sido realizada y completada. Cristo obtuvo este tesoro para nosotros mediante su sufrimiento, muerte y resurrección. Dios ha dado su Palabra para que sea predicada públicamente, de modo que este tesoro no permanezca oculto, sino que sea usado. El Espíritu Santo nos trae este tesoro y nos lo entrega.» (Lutero, Catecismo Mayor).
En su Catecismo Menor, Lutero lo expresa de esta manera: «Creo que por mi propia razón o fuerzas no puedo creer en mi Señor Jesucristo, ni acercarme a Él; pero el Espíritu Santo me ha llamado por el evangelio, me ha iluminado con sus dones, me ha santificado y me ha conservado en la verdadera fe.» (Lutero, Catecismo Menor).
La salvación solo se encuentra en la congregación de Dios
Es importante saber dónde se encuentra la salvación que Jesús nos ha provisto. Lutero escribió acerca del Espíritu Santo, la iglesia que Él reúne y cómo allí se encuentra la salvación:
«Creo que hay un pequeño grupo santo de personas en el mundo, que son todos santos. Tienen un solo líder, Cristo, y el Espíritu Santo los ha reunido. Tienen una sola fe, un solo pensamiento y un solo entendimiento. Poseen muchos dones, pero están unidos en amor y no tienen disputas ni desacuerdos.»
Así, Dios tiene una congregación en la tierra, un grupo de personas salvas. Allí se predica la buena noticia del reino de Dios, el arrepentimiento y el perdón de los pecados, basado en la obra redentora de Jesucristo, la cual cualquier oyente puede recibir personalmente. Este es el reino que Jesús mismo nos llamó a buscar: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mateo 6:33).
La iglesia de Dios se describe en Hechos: «Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma» (Hechos 4:32). El amor que Jesús dijo que sería la señal de sus seguidores (Juan 13:35) también es obra del Espíritu Santo. Pablo dijo en su carta a los Romanos: «Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado» (Romanos 5:5). La iglesia de Cristo se describe en Hechos capítulo 2:«Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones» (Hechos 2:42).
Lutero continuó: «Yo también pertenezco a este grupo y soy miembro de él. Soy partícipe de sus tesoros y comunión. El Espíritu Santo me ha llevado a esta comunidad y me ha asociado con ella, dándome la Palabra de Dios, que sigo escuchando… El Espíritu Santo permanece en la Santa Iglesia hasta el último día… Usará la iglesia para predicar y practicar la Palabra. El Espíritu Santo nos santifica y nos hace crecer en santidad. De esta manera, crecemos y nos fortalecemos cada día en la fe creada por el Espíritu Santo.» (Lutero, Catecismo Mayor).
Autor: P.K
Creditos de imagen: SRK Finlandia

